ATRAPADA EN LA RED


Entreabrí los ojos pesadamente. Mis párpados eran dos plomizas persianas que se resistían a mi voluntad. Me incorporé con gran esfuerzo y miré a mi alrededor, me costaba reconocer el lugar donde me hallaba. Ya no estaba acostumbrada a madrugar tanto y me daba la sensación de que la luz entraba aun tan filtrada que lo veía todo en blanco y negro. Oí el repiqueteo de la lluvia. Lo que me faltaba para acabar de animarme —pensé— y me puse en pie.

Me arreglé lo más rápidamente que pude, repasé el contenido de mi maletín y allí seguían mis herramientas de trabajo: rotuladores de color, lápices, gomas, guías didácticas… Lo cerré satisfecha de la inspección y salí.

No me gustaba llegar con la hora justa y menos el primer día. Tenía por delante media hora, pero si encontraba atasco me fallarían los cálculos e incluso podría llegar tarde.
Estaba nerviosa e intentaba abrir los ojos con esfuerzo, pero los párpados eran como espesas celosías que se negaban a desaparecer y que me ofrecían un aspecto distorsionado de las cosas.
Di un acelerón y frené bruscamente. No podía modular los movimientos. Permanecía aturdida y una sensación de irrealidad me envolvía y me encrespaba.

Por fin llegué ante la verja de colegio. La lluvia arreciaba y las imponentes siluetas de los árboles se confundían con las de las farolas que flanqueaban las zonas deportivas.
El agua que caía furiosa chocaba contra las gradas de cemento, rebotando con fuerza. No se veía a nadie.

Llevaba un viejo paraguas en la guantera para los casos imprevistos; al abrirlo, las varillas se separaron violentamente y la tela cayó en jirones como un cuervo al que, de súbito, el viento arrancase las alas. Lo deseché y corrí patio a través intentando guarecerme bajo mi propia cartera.

Entré al edificio. La puerta no tenía la llave echada, pero no se escuchaba ruido alguno. Me asaltó la duda: Quizás me había confundido, era sábado o festivo, o me había equivocado de fecha. Todo podía ser, menos aquel silencio sepulcral en una escuela. Impensable.
La sala de profesores estaba vacía. Pensé darme la vuelta y volver a casa, volver al abrigo acogedor de mi cama, rebobinar el tiempo, pero en vez de eso me precipité escaleras arriba, hacia mi aula. Me maliciaba que algo muy extraño estaba pasando y quería descubrir qué era.

Me detuve sofocada y jadeante delante de la puerta cerrada. La bruma gris envolvía el pasillo, casi me costaba descubrir el pomo. Lo así con mano trémula, lo giré lentamente. Tenía la garganta tan seca que me parecía de lija.  Tragué saliva con esfuerzo y abrí.

La sorpresa me paralizó. Los alumnos estaban sentados en sus sillas, silenciosos e inmóviles, treinta pares de ojos que me escrutaban, sus rostros carecían de expresión.
Intenté dar un paso atrás, pero el miedo me mantenía clavada al suelo.
Con torpes, lentos y mecánicos movimientos los niños comenzaron a levantarse. Flemáticos e indolentes, sin mover un solo músculo de la cara avanzaban de manera unánime hacia mí.

Espantada me fijé en sus ropas rotas, sucias, raídas, parecían un hatajo de indigentes alienados. Observé que comenzaban a extender sus manos suplicantes hacia mí. Era como una marea lenta pero inexorable y yo permanecía petrificada.

Intenté correr, huir, dar la espalda, pero mis piernas parecían fosilizadas. Los de las primeras filas ya estaban a pocos milímetros y sus ojos, que de lejos se me antojaron escrutadores, de cerca me parecían absurdamente vacíos.

Entonces la vi. Era una grieta enorme, a mi izquierda, justo en medio de la pizarra digital.
Con un acopio inusitado de concentración y agilidad, salté ante mi propia sorpresa y me introduje certeramente a través de ella.
Los vi aproximarse, palpar torpemente la pantalla una y otra vez, con sus pequeñas manos abiertas y desconcertadas.
Comprendí que la grieta se había cerrado, que yo estaba atrapada dentro de la estrecha oquedad, del otro lado de aquella lámina blanca que antes era para nosotros una ventana al mundo, a los conocimientos, a la erudición y también a las falsedades de la red.

Desde mi insólito reducto vislumbraba la escena. Uno tras otro fueron girando con parsimonia y en cuestión de segundos volvieron a su posición inicial, retomando sus rígidas posturas.

Un sonido me taladró el cerebro. Lo reconocí. Era la breve sintonía de Windows. ¡El ordenador se estaba poniendo en marcha! ¡Tenía que escapar de él!

Intenté con denuedo alargar un brazo y las yemas de mis dedos rozaron un extraño artefacto que al principio no reconocí. Pero su tacto fue mágico, la pesada bruma se disipó como por ensalmo y, entre aliviada por salir de la horrenda pesadilla y algo angustiada por mi primer día de clase, apagué el despertador, salté de la cama y marché descalza camino de la ducha.




EL SABOR DE LAS CEREZAS


Era una tarde lenta, pesada y aburrida, como tantas otras. Después de intentar en vano relajarse en el sofá del salón, seguía sintiéndose soliviantada por los hechos acaecidos la tarde anterior. Aquel conciliábulo familiar le había dejado un amargo sabor de boca y una cierta inquietud que no la abandonaba. Una noche de insomnio no es lo que más favorece en estos casos, y la suya lo había sido al cien por cien.
Necesitaba una distracción, algo para romper la rutina en la que se había instalado, y que, de alguna manera, le confería sensación de seguridad, de sentirse a salvo.
Pensó en leer algo, pero en aquellos momentos dudaba de su capacidad de concentración; de todos modos tomó un libro de la estantería: “El sabor de las pepitas de manzana”. Lo había comprado hacía semanas y aún no había encontrado el momento de comenzarlo: “una casa heredada, un árbol y muchos recuerdos…” leyó en la contraportada, quizás aquello era justo lo último que necesitaba en aquel instante, pero le llamó la atención el pensar que esa frase acababa de adquirir para ella un significado distinto.
Pasó por la cocina, buscando algo que picar para acompañar la lectura. El frigorífico presentaba un precario estado de abandono que le hizo pensar en su propia dejadez: Varias piezas de fruta, algunos yogures de soja y un cuenco con cerezas era todo lo que había en su interior.
Tomó el cuenco, el libro, una manta grande de suave algodón y un par de cojines y salió al jardín buscando un rincón fresco donde aposentarse; atraída por el inconfundible aroma de las hojas de la higuera, formó bajo ella una improvisada yacija y se tumbó.
Comenzó la lectura: “Tía Anna murió con dieciséis años de una neumonía que no fue posible curar porque la enfermedad le había roto el corazón…”
Entrecerrando los ojos miró a lo lejos. El cielo azul brillante del estío se fundía con las montañas que circundaban aquel lugar de calma y quietud. Bajo el pequeño reducto de frescor que le brindaba la higuera, con la espalda apoyada en el grueso tronco, puso atención a los latidos de su corazón que parecían chocar unos con otros en un alocado discurrir, quizás su corazón también estaba roto, como el de aquella Anna que había muerto cuando aún era casi una niña, y se preguntó, mientras masticaba indolente las cerezas, por qué los aromas y los sabores tienen tal poder de evocación: el sabor de las pepitas de manzana, el sabor de las cerezas. Se vio a sí misma con las cerezas colgadas de las orejas:
-Mira mis pendientes, mami. ¿A que son los más bonitos que has visto nunca?
-¿Pero qué has hecho, cielo?¡Llevas las mangas de la blusa manchadas de rojo!
- No es nada, mami, me caí jugando sobre el cuenco de cerezas y despachurré unas cuantas… ¿A que estoy muy guapa con mis pendientes nuevos¿ ¿A que sí, mamita?
¡Cuántos años y cuántas cerezas habían pasado desde entonces! El recuerdo le arrancó una media sonrisa.
Necesitaba tranquilizarse y rumiar todo lo acaecido durante los últimos días, demasiados cambios sobrevenidos de golpe estaban a punto de desequilibrarla y no podía permitir que tal cosa sucediese. Se fue resbalando blandamente desde el tronco hasta quedar reclinada sobre los cojines, abandonó el libro sobre su pecho y acabó de cerrar los ojos recitando mentalmente un mantra de sanación:
Om Arkaya Namaha, Om Arkaya Namaha, Om Arkaya Namaha… y mientras la paz se instalaba de nuevo en sus venas, por fín, se quedó dormida.

LA PROCESIÓN





La procesión avanzaba solemnemente por el centro de la ciudad, iluminada tan sólo por los cirios que portaban los penitentes y los candelabros que adornaban los tronos. Todas las miradas se centraban en el nuevo manto de la Virgen Dolorosa, obra de las más insignes bordadoras de la región, en cuyo centro sobresalía, matizado y a realce, un hermoso y esplendente tucán cuyo plumaje, en negro, anaranjado y escarlata destacaba enormemente del entramado de hilos de oro que formaban su base.
La comitiva la cerraba el Cristo del Perdón, de la Cofradía del mismo nombre y, tras él, cuatro nazarenos redoblaban sus tambores entelados, cuyos sonidos monocordes y letárgicos rasgaban el aire de la noche primaveral, impregnándolo de tristeza.
Una multitud abigarrada asistía al desfile que, al girar por la emblemática calle de la Frenería, en el mismo corazón del casco antiguo, necesitaba aplastarse contra las paredes de los edificios, dado lo angosto del pasaje. Al desembocar en la placeta, no sin dificultad, los costaleros, casi al unísono, emitieron un suspiro de alivio…
En un balcón, una mujer menuda y enjuta, envuelta en negra mantilla rompió a cantar una sentida saeta. La algarabía cesó, el paso se detuvo y en un instante la mayoría de rostros expresaban la emoción del momento, serios, concentrados en la escucha… El silencio resultaba sobrecogedor.
De pronto, un relámpago abrió el cielo. Todo el mundo volvió sus ojos hacia lo alto, sorprendidos, como si una llamada de atención les acabase de iluminar. De algún lugar partieron los comentarios sobre aquel juego de luces puesto en marcha, sin duda, desde alguna azotea, para dar vistosidad al cortejo… los murmullos, maravillados ante la magnificencia de tal evento, no cesaban de preguntarse de dónde exactamente habían partido los resplandores que estaban convirtiendo en claro amanecer aquella noche de pasión.
El malentendido se deshizo por sí sólo cuando, instantes después, un sinfín de rayos, como enormes culebras de luz, empezaron a romper el firmamento, cruzándolo de lado a lado. No llovía. Sólo el espectáculo escalofriante de una tormenta seca en todo su esplendor acompañado ahora por el retumbar encolerizado de los truenos.
La saeta murío en la garganta de la mujer, que quedó paralizada por el terror: el trono, ante su balcón, envuelto en llamas, hendido probablemente por uno de los rayos, que nadie sabía si era caído del cielo o había partido de la propia imagen doliente.
La muchedumbre, expectante, mantenía ahora un silencio sepulcral, mientras algunos se dejaban caer de rodillas, anonadados y confundidos, intentando buscar en su memoria aquellas plegarias olvidadas desde su niñez.
El fuego formaba una enorme pira, pero en medio, la imagen del Cristo, incombustible, permanecía incólume.
Los rezos empezaron a surgir susurrantes y apenas balbucientes, para transformarse, de modo paulatino, en voces que oraban a pleno pulmón, arrebatadas y poseídas por un entusiasmo tal que parecían rayar el éxtasis.
Pasados unos minutos, el fuego desapareció, dejando a la vista un trono tan espléndido como lo era antes del suceso: Las flores, reverdecidas, el brillo de los candelabros que lo flanqueaban, deslumbrante.
El mayordomo de la cofradía, como si acabase de salir de un trance hipnótico, golpeó con fuerza el frontal del paso, y los costaleros, todos a una, se pusieron en marcha con aquel andar acompasado que confería a la imagen su cadencioso caminar…
Cuando la comitiva desapareció en la lejanía, y el repiqueteo de los tambores era sólo un eco, nadie osaba preguntarse si lo visto había sucedido en realidad o habían sido víctimas de un fenómeno de alucinación colectiva. La plaza se tornó desierta, pero el desasosiego de la duda quedó anidando para siempre bajo aquellos balcones, que se ahora se mostraban ligeramente calcinados.

TARDE DE PERROS





La tarde transcurría apacible, el sol estaba a punto de ponerse y yo observaba distraída las incipientes plantas. Mi perro, Rex, correteaba alrededor con aire juguetón y mi marido tomaba el fresco tumbado en la hamaca.

De súbito apareció un rostro apergaminado entre los cipreses del jardín aledaño. Una voz áspera y ronca sonó discordante, intentando hacerse comprender en un inglés salpicado de palabras inconexas, entre las que se podía entender:

-¿Miércoules, you aquí?

A mí, debo confesarlo, siempre me asusta esa voz furibunda de bebedora impenitente de cazalla, por lo que, al tiempo que disimulaba un respingo causado por la impresión, echaba una mirada suplicante a mi marido para que viniese en mi ayuda, mientras farfullaba en mi macarrónico inglés:

-Can I help you? I don’t understand you…

Al instante, mi vecina inglesa se vio rodeada por sus cinco perros ladrando al unísono: Dos imponentes bóxer con cara de malas pulgas –por qué será que dicen que los perros se parecen a sus amos- y tres de tamaño pequeño. El mío, se unió al coro y al instante nadie podía entenderse en medio de tal escandalera; (en silencio tampoco nos entendemos por los problemas de idioma, pero entre la barahúnda infernal de ladridos, menos).

El caso es que mi marido, por señas, le indicó a la vecina que mejor salíamos a la puerta para intentar esclarecer el asunto sin verja por medio.

-Yo dogs closed casa –dijo ella y desapareció llevándose consigo a toda su manada.

Nosotros salimos fuera seguidos por nuestro perrito juguetón, dejando entornada la puerta.

Momentos después la señora se dirigía a la suya y a la vez que gesticulaba y manoteaba en el aire intentaba explicarnos lo que pretendía de nosotros, -mientras nos fulminaba con miradas asesinas que reflejaban su estupor al ver que no hablamos inglés fluido como se supone que es nuestra obligación, y mostrando claros signos de desesperación por ello- pero visto que la comprensión aún no era al cien por cien nos instó a seguirla jardín adentro para explicarnos in situ lo que nos pedía hacer durante el día que iba a estar ausente –miercoules- que, en resumidas, y después de muchas aproximaciones –error/acierto- a lo que iba diciendo (yo me sentía como Chicco traduciendo a Harpo) no era otra cosa que proveer a sus perros de agua durante todo el día.

Involucrados al cien por cien en la ardua conversación y ajenos a todo lo que no fuese el esfuerzo por entenderla, casi nos pasó desapercibido que Rex, husmeaba por el jardín ajeno, adentrándose confiado hasta la parte posterior de la casa.

De pronto lo vimos cruzar como un rayo en dirección a la salida y, antes de que comprendiésemos lo que estaba sucediendo, vimos con estupor a los dos imponentes bóxer, frenéticos y furiosos persiguiéndolo como almas poseídas por el diablo, indignados ante la intromisión y –lo que era más sorprendente- absolutamente libres.

Inmediatamente mi marido salió corriendo detrás, yo llegué hasta mi cancela, donde quedé indecisa, sin saber qué hacer, estupefacta, imaginando ya al pobre Rex despedazado y a mi esposo ensangrentado por el ataque de los coléricos perros al haberse metido por medio en el ataque… Estaba dando pasitos adelante y atrás mientras pensaba a mil por hora qué hacer, angustiada, cuando veo una sombra moverse tras la cancela y un par de ojillos temerosos que me miran con zozobra.

-¡Rex! –exclamo llena de alegría- ¡Estás aquí, pillín, los engañaste!

Entro, nos abrazamos, -mi perro abraza que es un contento- le palpo el cuerpo en busca de magulladuras o heridas y de pronto se vuelve a hacer la luz en mi cerebro:

-¡Mi marido! Estará enloquecido buscándolo, tengo que avisarlo de inmediato.

Salgo al camino sin querer perder tiempo en cambiar ni siquiera mi calzado, que dada la premura de las circunstancias, aún conservo puestas unas insignificantes chanclas de dedo, en absoluto aptas para andar triscando por los abruptos campos; he avanzado apenas unos pasos cuando veo aparecer directos hacia mí, tan furibundos como antes, a los dos bóxers que regresan sin su presa. Me doy la vuelta tan deprisa como las chanclas me lo permiten y justo a tiempo de cerrar la puerta de la verja, ya tengo a los dos encaramados sobre ella, ladrando con la rabia de no poder entrar.

Puedo oír los dientes de Rex que castañetean casi al ritmo de los míos, mientras siento su presencia suave y temblorosa pegada a mis piernas.

Visto que su misión ha fracasado, los iracundos animales siguen la loca carrera hacia su casa..

De nuevo me lanzo a la búsqueda de mi marido, al que sé ajeno al transcurso de los acontecimientos y al que imagino buscando como alma en pena a su queridísima mascota…

Avanzo por el camino fatigosamente y por fin una silueta a lo lejos me hace dar saltos de alegría: Extiendo los brazos hacia arriba y los cruzo frenéticamente para que advierta mi presencia, ya que lo veo parado e indeciso, mientras chillo a pleno pulmón:

-¡¡¡Ven, ven, está aquí, está bien, vente, vente!!!

Vista su inmovilidad avanzo a cortas carrerillas para no caer de bruces por culpa de las chanclas y al acercarme un poco más, sin dejar de hacer aspavientos, me quedo patidifusa: aquel hombre de altura y hechura semejante no es mi marido, observo horrorizada como sus dos perritos vienen juguetones y ladradores a subírseme a las piernas, mientras yo balbuceo cosas inconexas al reconocer que es otro vecino del lugar. Intento justificarme en mi spanglis, y le explico atropelladamente:

-My dog is in my house, but my husband is lost… looking for my husband…

Ni idea de lo que debió entender, -espero que no creyese que buscaba un marido y por eso le hacía señales desesperadas- porque me contestó con mil preguntas de las que no entendí ninguna… Mientra él llamaba a sus perros, yo, con absoluta descortesía lo dejé hablándome sin parar, mientras corría a trompicones por la vereda, y a medida que me alejaba volvía la cabeza gritándole “I don’t know, I don’t know…”

Tras un rato que me pareció interminable vi, esta vez sí, la silueta de mi marido que volvía bastante cariacontecido y preocupado, pero, al parecer, ileso. Al cerciorarme de que no me equivocaba, volví a las andadas, ansiosa como estaba de que se tranquilizara y desde lejos me acerqué dando voces.

-¡¡Está en la casa, está bien, se había metido en la casa…!!

Nerviosos y relatándonos la odisea con dos monólogos superpuestos, nos íbamos contando lo sucedido: la carrera, el vecino, el perrito oculto en casa…

Poco a poco nos fuimos relajando de camino al hogar, cuando nos encontramos al señor inglés que había sacado su coche y andaba a la búsqueda y captura del marido perdido -supusimos-, pues cuando nos vio a los dos felices y contentos, paró a preguntar si todo estaba all right, y girando el vehículo marchó hacia su casa.

Al entrar de nuevo en nuestro jardín reparamos en el fortísimo hedor, un olor espantoso que nos hizo conscientes de que el miedo huele. El miedo y un “regalito” con el que nuestro cachorro nos había obsequiado y que lucía esplendido sobre la gravilla.

En fin, fue una tarde de perros, pero con un casi happy end.

TITIRITERO



Acabada la función se sentó desmadejado en la acera. A su lado, enganchados a los hilos de la cruceta, los pequeños títeres sin vida; delante de sí, una vieja gorra desgastada que recogía algunas monedas, fruto de la compasión de la gente.

Mientras liaba un escaso pitillo oyó una voz autoritaria que decía:
—¿Cuánto por el del gorro verde?
Alzó los ojos y se encontró frente a un semblante adusto, surcado de arrugas.
—No está en venta, señora.
—No se ande con remilgos. No me diga que piensa comer con las cuatro perras que tiene dentro de esa renegrida gorra. Le pagaré bien. Ese muñeco le va a encantar a mi nieto, no es nada corriente. Le gustará hacerlo danzar.
—No está en venta, señora.
—¡Será pazguato! Pues cuando el hambre le roa las tripas ¡cómaselo!, a ver si lo encuentra tierno…

Cuando la señora, airada, hubo dado la media vuelta, el hombre, parsimoniosamente, se dispuso a recoger sus cosas. Pisó la colilla y luego, con todo cuidado, enrolló los hilos de los muñecos y los depositó en el interior de una raída bolsa de lona, plegó el biombo que le servía de teatrillo y con él bajo el brazo se dirigió a las afueras de la ciudad, donde había hallado una casa desocupada en cuyo amplio portal solía pasar las noches.

Estaba cansado. Se arrebujó en su chaqueta y se dispuso a dormir junto a sus escasas pertenencias.
—Buenas noches, musitó como para sí mismo.
—Buenas noches respondieron unas imperceptibles voces, opacadas por el grosor de la tela.
El estómago del titiritero rugía de hambre, pero él se sentía bien. Nunca se desprendería de sus únicos amigos.

AMBICIÓN





El obispo del condado de Fliesburg descendió del carro de modo majestuoso, con orgullo y parsimonia.
No le importaba hacer esperar al Conde, bien al contrario, quería dejar patente desde el principio que él no estaba sometido a sus órdenes ni a sus fueros. Desde que el soberano había confirmado su nombramiento conseguido tras múltiples y oscuros manejos, estaba dispuesto a seguir escalando hasta llegar a lo más alto, costase lo que costase.
Esperaba que el Conde saliese en persona a darle la bienvenida, pero no fue así. Sabía que Grosventre abominaba de él y que había intentado por todos los medios a su alcance boicotear su nombramiento como obispo, pero finalmente él había salido victorioso. Siempre era bueno guardar un as en la manga, y las mangas de su abigarrado traje clerical eran suficientemente anchas como para ocultar entre sus pliegues no una, sino varias barajas completas.
Llegaré a lo más alto –pensó una vez más- esto es sólo un primer peldaño. El arzobispado de Blackcrow, quedará en breve desierto, si todo marcha según mis planes. Después vendrán los ropajes cardenalicios, y luego, ¿por qué no? el solideo blanco sobre mi cabeza y el anillo del pescador en mi dedo…
Mientras, el Conde Grosventre, se retorcía las manos, intentando urdir un plan que le librase de aquel obispo petulante y odioso, al que sabía capaz de las más funestas artimañas. Algo se le habría de ocurrir, se imponía pensar con astucia, maquinar la treta que le salvase del abismo al que, si no encontraba una solución adecuada, se vería abocado en breve.
Un criado con librea bicolor anunció con voz potente:
-Wicked Nogood , Excelentísimo Obispo de Fliesburg.
Con la más hipócrita de sus sonrisas dibujada en el rostro, el conde dio la bienvenida al recién llegado, sin ni siquiera levantarse del ostentoso trono sobre el que descansaba su rolliza figura. Cruzadas las cuatro frases protocolarias y aduciendo que el obispo debía estar muy cansado tras el largo viaje, despachó al recién llegado, emplazándole para una audiencia al día siguiente.
La noche fue eterna. Reunido con Sir Fawning, su hombre de confianza, Grosventre elucidaba estratagemas para librarse del malquisto convidado. En un par de días seguiría su camino para tomar posesión del palacio episcopal y una vez instalado allí y rodeado de su séquito sería más complicado tenerlo a su merced. Se imponía hallar una drástica solución a los futuros problemas que adivinaban.
Podríamos preparar una emboscada cuando reanude su camino –terció Fawning- los proscritos son frecuentes en estos bosques, a nadie le extrañaría… O quizás unos polvos disueltos discretamente en su copa harían un buen trabajo.
-No quiero que eso ocurra puertas adentro de mi castillo, sería demasiado engorroso. Creo que la primera opción es la más acertada. No quiero saber los detalles. ¡Se acabó el ocio! Vamos, vete y prepáralo todo.
Al día siguiente, tras el copioso almuerzo y antes de retirarse a sus aposentos para el apetecido descanso, Wicked Nogood pidió visitar el castillo. Amante del arte y del lujo, era conocedor de las joyas que en él se encerraban, tapices de incalculable valor, piezas de orfebrería de inusitada belleza… El condado de Fliesburg era de los más ricos del país y él quería verlo todo antes de partir.
Recorrieron las fastuosas estancias hasta las escaleras que subían hacia la torre del homenaje, que también insistió en visitar. Comenzaron la ascensión por la angosta escalinata que se retorcía sobre sí misma en incontables ocasiones. A medida que progresaban, los escalones eran cada vez más altos y estrechos y el ascenso más arduo, pero ninguno de los dos quería confesar su manifiesto cansancio y continuaban penosamente…
Faltaba poco para alcanzar las almenas, final del recorrido, y ambos presentaban una respiración jadeante y entrecortada. El obispo fue el primero en doblarse sobre sí mismo, miró al conde con los ojos llameantes de miedo e indignación, mientras se asía a él balbuciendo:
-Canalla, me has envenenado…
Pero antes de desplomarse, pudo observar que, a su vez el conde, con una mueca de dolor crispándole el rostro hacía esfuerzos por mantenerse en pie.
Unos segundos más tarde ambos se precipitaban al vacío por el hueco de la escalera de caracol, aferrados el uno al otro, unidos para siempre en su mutuo odio.
Abajo, Sir Fawning, disimulando una sonrisa de júbilo, pensó en las explicaciones que daría, sencillas y convincentes: El obispo y el conde se enzarzaron en una feroz disputa y cayeron desde arriba, cuando estaban a punto de llegar a lo más alto.
Y se escabulló como una sombra felina.

INSPIRACIÓN.



Sobre la mesa, las cuartillas inútiles de un blanco lechoso emitían destellos de luz propia. Los lápices de afiladísimas puntas denotaban sus ansias de entregarse a la acción. Una goma inerte yacía junto a ellos; pero todo era quietud dentro de la mente del escritor.
Las ideas, otrora bullentes en su cabeza, se habían desvanecido como por ensalmo, dando paso a una extraña laxitud, un hueco, un vacío.
Se esforzaba por pensar, pero era inútil, sólo conseguía percibir ecos de sombras de antiguos pensamientos. Buscaba su proverbial creatividad agazapada en algún oscuro rincón de la oquedad de su cabeza, pero no estaba. Simplemente había desaparecido.
El escritor se quedó ensimismado, los ojos muy abiertos, alerta a cualquier cambio que se produjese en el agujero negro que era ahora su cerebro. Nada.

Así transcurrieron los minutos, que se trasformaron en horas, y luego en días. Al sol siguió la oscuridad de la noche y de nuevo amaneció. El escritor seguía erguido en su silla, ajeno al paso del tiempo, escudriñando hacia dentro, por si percibía un cambio o un atisbo de pensamiento.

Las cuartillas languidecían, su delicada celulosa se iba tornando amarillenta y los lápices habían abandonado ya toda esperanza. La goma se deprimía ante su inutilidad manifiesta.

El escritor, impasible, esperaba que sucediese el milagro, pero el milagro se demoraba. Su rostro se demacraba por momentos, la tez le amarilleaba. Los ojos, ligeramente hundidos, estaban circundados por leves arrugas de color violeta.
Y pasaron más días.

De pronto un pequeño chispazo en el iris reveló indicios de actividad neuronal, era un atisbo, un indicio, una leve esperanza.
Con esfuerzo y parsimonia alargó una mano con doloroso esfuerzo después de tan larga inactividad, e intentó asir uno de los lápices. Lo acercó a la cuartilla, casi apoyándose sobre él y comenzó a garabatear con torpes movimientos.

Capítulo primero:
Sobre la mesa las cuartillas inútiles de un blanco lechoso emitían destellos de luz propia. Los lápices de afiladísimas puntas denotaban sus ansias de entregarse a la acción...

EL EQUILIBRIO




Conducía con desgana,  medio abstraída en mis pensamientos y ajena a la monotonía de la carretera, cuando, justo al salir de una curva,  un pintoresco pueblecito apareció ante mis ojos, sacándome de mis cavilaciones.
En realidad no pensaba en otra cosa que no fuese mi deseo de huir y perderme, al menos durante los días que durasen mis vacaciones. Había tomado la decisión de salir disparada, sin previsiones, sin reservas de hotel, sin ruta prefijada, siguiendo el camino que me fuese marcando mi propio albedrío.
Aquel pueblecito de casas encaladas, pequeñas y blancas que parecía refulgir bajo la canícula de agosto, atrajo poderosamente mi atención haciendo que me  desviase de la carrerta principal por un angosto camino.
He llegado, pensé. Aquí es dónde me voy a instalar para olvidarme de todo. Este aire tan limpio me despejará los sentidos y se llevará mis preocupaciones: por fin desaparecerá esta horrible cargazón que me pesa en la cabeza y en el alma.
Me apeé del coche delante de una construcción algo diferente al resto de las casas de alrededor y ligeramente apartada de ellas: el edificio tenía dos plantas y una cierta apariencia de vetusto abolengo.
La verja que lo rodeaba estaba abierta; constaté que la puerta principal, también. Deduje por tanto que la antigua vivienda estaba ahora dedicada a la hostelería y penetré en ella sin dilación alguna.
No había nadie, la semioscuridad que proporcionaban las persianas casi bajadas, confería a la estancia una deliciosa sensación de frescor que contrastaba con el asfixiante bochorno del camino. Lo primero que llamó mi atención fue un descomunal mosaico en la pared, donde, bajo una enorme balanza, formada toda ella por pequeñísimas teselas de colores, se podía leer la siguiente máxima:
“Situado en alguna nebulosa lejana hago lo que hago, para que el universal equilibrio de que soy parte no pierda el equilibrio.” Antonio Porchia
En un instante dejé vagar mi inquieta mirada por el resto de la espaciosa pieza que hacía las veces de recepción. Sobre el original  mostrador taraceado con conchas marinas, una ingente cantidad de pequeños cachivaches se hallaban diseminados sin orden ni concierto, dando una sensación de cuidado descuido. Algunos folletos turísticos que exhibían maravillosas vistas de la zona y unos maceteros de rústica apariencia con plantas de interior, acababan de dar un toque a aquel lugar que comenzó a gustarme de inmediato.
En medio del maremagnun observé una pequeña campanita de bronce, desmayada sobre un cenicero y pensé si sería lo propio utilizarla para descubrir mi presencia en la casa. La agité, primero con timidez, luego con más bríos, sin obtener respuesta, pero al momento una voz modulada llegó hasta mí, pidiendo paciencia, lo que me hizo sentir absurdamente impetuosa.
Entonces salió. Con un marcado acento argentino me preguntó si deseaba alojamiento, y el tiempo que tenía pensado permanecer allí, algo que incluso yo misma ignoraba: ¿Dos días, tres, una semana, varias? Opté por decir una semana, aunque siempre estaba a tiempo de arrepentirme. Me pidió la documentación y me rogó que firmase un impreso.
Me adelanté decidida hacia el mostrador, del que había permanecido separada unos pasos. Aunque mis ojos ya se habían acostumbrado a la semipenumbra, no había reparado aún en los dos estrechos escalones que se erigían ante él, al estilo de los altares de las iglesias; avancé decidida y contenta por haber hallado aquel local que tan agradable me resultaba, cuando, sin constatar aún qué estaba pasando, me ví de bruces sobre la superficie taraceada; en mi deseo ciego de asirme a algún punto de equilibrio, barrí literalmete todo lo que se encontraba a mi paso y, para consumar el estropicio, la preciosa kentia se vino abajo, volcando el contenido íntegro de la maceta sobre el montón de objetos que yacían ahora desparramados y rotos sobre el suelo.
Me sentía tan ridícula que no atinaba ni a balbucir palabras coherentes de disculpa. A punto estaba de darme la vuelta para salir corriendo y olvidar el despropósito, cuando el  argentino, rodeando el mostrador, empezó a recoger los pedazos del suelo, entre divertido y regocijado ante mi cara de estupor y el destrozo reinante, mientras decía:
-Por fin una buena razón para poder quitar del medio esta colección de recuerdos de mi vida, no sé por qué, pero parece que, de pronto, me he liberado de un montón de cosas... me pregunto si tu pérdida de equilibrio, no habrá ayudado a que yo recupere el mío.
Agradecida y tranquilizada por sus palabras, me acuclillé a su lado y comencé a recoger yo también los trozos rotos de mi antigua existencia...

LAS SEMILLAS




La gente salía del cine entre murmullos y risas, comentando la película, que, realmente, había sido desopilante. El local era un antiguo teatrillo reconvertido, donde, a la sazón, pasaban películas de culto, amén de algunas antiguas joyas del cine en blanco y negro, o incluso de cine mudo.
A ella le gustaba ir de vez en cuando, a la salida del trabajo, y solía hacerlo sola. Sus amigas se podían contar con los dedos de una mano, y si se trataba de ver películas de aquel tipo, con ninguna; pero no le importaba, se sumergía en aquel mundo sin colores y se transportaba a otra dimensión, donde, durante poco más de una hora, salía de ella misma para cohabitar con aquellos personajes de dos dimensiones que vivían sobre la pantalla.
Era introvertida y solía preferir la compañía de un buen libro a la de un ligue ocasional, pero aquella noche se sentía necesitada de calor humano. La cafetería de la esquina, justo al final de la calle, era austera pero acogedora, y a esas horas, bastante bulliciosa. No tenía ganas de encerrarse en la soledad de su casa y, sin ninguna duda, un café caliente era una más que excelente opción para el momento.
Se sentó en una mesa apartada, pidió un capuchino e inmediatamente se entregó a la tarea de escudriñar al público del local. Su pasatiempo favorito en estos casos era observar a las personas que la rodeaban e intentar recrear las historias que se escondían detrás de cada una de ellas.
Paseó la mirada por la estancia y la detuvo en un tipo que parecía abarrancado sobre la barra; por un instante pensó en una ballena varada en la playa, incapacitada para volver al mar, pero con poca esperanza de vida en tierra, y, acto seguido, su mente empezó a forjar la historia del desconocido.
Mediana edad, traje obsoleto, aire nostálgico y claramente con más copas encima de las que su cuerpo podía digerir. No es que se apoyara en la barra, es que parecía fundido con ella, como si llevase todo el peso del mundo sobre sus hombros.
“Recién divorciado –pensó- acaba de romper con su pareja… o quizás se quedó sin empleo y se encuentra moralmente hundido, no sabe a dónde asirse… ¿tendrá pendiente una hipoteca? puede ser un candidato al suicidio… quizás esta misma noche, cuando salga de aquí se vaya hacia la zona antigua, que lleva cerca del río… o puede que abra la espita del gas, si aún tiene casa…”
Tan entregada estaba a sus deprimentes pensamientos acerca del tipo en cuestión que no se dio cuenta de que había permanecido todo ese tiempo mirándolo con fijeza, sin pestañear, reflejando en su cara la compasión que le suscitaba e, incluso, un atisbo de ternura.
El hombre, dándose cuenta entre las brumas de su mente enajenada por el alcohol, de la atención de que era objeto, hizo un esfuerzo supremo y se dirigió hacia ella, que, atónita, lo vio venir, trastabilleando entre las sillas del local.
Cuando llegó a su mesa y sin mediar palabra, tomó asiento, mirándola con curiosidad y con una media sonrisa pintada en el rostro. Transcurrido un momento en el que el silencio de los dos parecía transparente entre las risas y las voces subidas de tono del resto de los allí presentes, introdujo una mano temblorosa en el bolsillo de la ajada chaqueta, y extrajo de ella un puñadito de granos que esparció sobre la mesa.
Con voz insegura acertó a decir:
-Son semillas, señorita… a lo mejor a usted le gustaría ayudarme a plantarlas, puesto que puede comprobar que yo no tengo el pulso muy firme: se han de enterrar justo justo, al doble de profundidad de su grosor… ¿sería tan amable?

Y sin saber por qué, ella lo miró a los ojos y pensó que siempre le habían gustado las plantas. Se pusieron en pie y, apoyándose el uno en el otro, abandonaron el local.


LA AVENTURA




Contemplé durante unos segundos la bella eufótida que servía como pisapapeles,  regalando una nota de color a la oscura y fría estancia; destacaba entre el maremagnum imposible de papeles, cartas, recibos y hojas con apuntes que poblaban el austero buró de oscura madera de roble.

Tras unos gruesos lentes, con fina montura de concha, aquel orondo personaje me escudriñaba de una manera devastadora, de tal manera que me parecía  capaz de taladran con su penetrante mirada las capas superficiales de mi anatomía para llegar hasta lo más profundo de mis entrañas, descubriendo en mí cosas que ni yo mismo conocía.

Durante unos segundos se me pasó por la imaginación la idea de huir por la misma vereda que me había llevado hasta allí; hubiese sido lo más fácil, y por tanto, fue una idea desechada casi al mismo tiempo de haber sido concebida. Nunca me gustaron las cosas fáciles, tenía que reconocerlo. Me planteaba la vida como un reto, desafiando al destino e intentando modelarlo a mi libre albedrío.

Y por eso estaba allí: aquello era, sin duda, el prólogo de una nueva aventura, la acción y el riesgo me eran necesarios para sentirme vivo, y ¿dónde podría hallar más peligros que en aquella arrojada expedición que pretendía partir rumbo a lo desconocido?.

Contuve la respiración esperando las palabras del contramestre, encargado a la sazón de contratar al personal necesario; mi mirada inquieta y nerviosa iba de la extraña piedra blanca y verde al alféizar de la ventana, donde un par de abejarucos picoteaban de manera despreocupada , exhibiendo su plumaje coloreado y llamativo.

Cuando, por fin, me dijo que estaba aceptado en su tripulación, el corazón me dio un vuelco de alegría y salí presto de la sombría habitación, dispuesto, una vez más, a tomar el timón de mis andanzas...

Al día siguiente partíamos rumbo a las Antillas, donde mi futuro me aguardaba. Pero eso, sin duda, ya forma parte de una nueva historia...

MALDITA CRISIS




De nuevo me tenéis aquí, escribiendo escopeteada, porque el tiempo vuela. Mañana es, otra vez, viernes, ese día feliz que dispara el comienzo del fin de semana, pero en el que expira el plazo de la entrega de mi historia y yo, francamente, no he tenido tiempo de nada.
Quisiera estirar las horas, los días...pero no es posible.
No siempre es igual, porque, a veces, lanzas una frase al aire y luego la tarea es sencilla, le vas dando hilo igual que a una  cometa y flipas al ver cómo sube y sube, se aleja y vuela feliz, como si tú no intervinieses de manera real en el hecho de darle vida al relato. Son los personajes los que buscan su autor y tú te crees Pirandello; pero otras veces...
¡Qué difícil y qué cuesta arriba se te presenta la tarea! Creo que el esfuerzo desmedido crea un vacío en el intelecto: Nada que decir... ¡nada que hacer!
Esta tarde he aprovechado que la primavera se ha abierto paso con violencia y el calor atosiga, para venirme a la playa, y aquí, mal acomodada sobre la arena, con el pequeño portátil sobre mi regazo, vencida por el calor, y tremendamente desolada, tan sólo me siento aliviada al poder lanzar la vista a lo lejos, sobre la linea azul verdosa del horizonte .Respiro hondo y lo intento de nuevo.
Nada. No hay ideas. Mi mente se angustia al pensar que mañana expira el plazo que me dio mi editor, y me lo dijo de modo taxativo: 
-Si para el día doce no está entregado, olvídate de cobra nada esta semana, y, como me falles mucho te reemplazo. Hay montones de escritores que se lo tomarían más en serio que tú, y bastante mejores...
Y lo hará... Desde que encontré este pequeño trabajo en el periódico, para irme ayudando, vivo ahogada por las fechas. Todos los viernes entrega puntual o no hay paga.
Recuerdo cuando el sueldecito de funcionaria me bastaba para todo, e incluso tenía ahorrillos, para algún viaje o capricho, de vez en cuando. Después se quedó estancado, mientras los precios subían disparados. Más tarde, empezó a disminuir y luego, ni se sabe a dónde vamos a llegar.
Ya me veo el fin de semana acercándome a casa de mis padres a pegarles otro sablazo, que ya tiemblan cuando me ven aparecer, pero si no,es que no llego a fin de mes... ¡Maldita crisis!

EL ZAQUE




Fuera llovía. Una lluvia incesante, monótona, rítmica... aburrida, en suma. Estaba encima de mi cama, un libro sobre mi regazo, la espalda apoyada en la almohada, una taza de exquisito té blanco en la mesilla. La música de Evanescence sonando suave y acompasada a un volumen muy bajo, era el telón de fondo de una sosegada tarde de domingo, ideal para dedicarla a las ensoñaciones más placenteras que pudiera imaginar.

Hacía ya mucho rato que no pasaba las páginas, olvidándome de leer, puesto que andaba sumergida en mí misma y en mi propia imaginación, más rica que el más rico de los libros que escribirse puedan.

Algo llamó mi atención y me sacó de mi mundo interior para devolverme a la realidad, me levanté cansinamente, venciendo la abulia por la que voluntariamente me había dejado abrazar y me dirigí a la ventana. La abrí. Sobre el alféizar hallé un pequeño envoltorio, que había sido el causante del ruido. Lo examiné con atención antes de decidirme a abrirlo,  a lo que procedí con cautela y parsimonia, recelosa de lo que pudiese encontrar en su interior.

Finalmente lo desenvolví y encontré dentro una piedra pequeña, vulgar y sencilla.

Sorprendida y desencantada, estaba a punto de devolverla al abismo, a la vez que oteaba desde allí arriba, con la esperanza de saber quién podía haber sido el responsable de tal lanzamiento, pero entre la pertinaz lluvia y la considerable altura a la que se encontraba mi ventana, la escasa gente que transitaba la calle se veía disminuida y lejana.

Antes de dejarla caer, reparé en un detalle que me había pasado desapercibido y me detuve. Apartando el guijarro, que dejé a un lado, observé el envoltorio, lo estiré y vi sobre la sucia y arrugada superficie algo que se asemejaba a un zaque, un odre pequeño, toscamente dibujado.

Lo estudié con detenimiento durante largo rato. Había algo en él que me resultaba familiar, quizás los colores, chillones y variados me evocaban algo, como un “déjà vu” que no podía ubicar en el tiempo ni en el espacio.

Como impelida por un resorte, abandoné mi lasitud anterior y me dirigí escaleras arriba a la buhardilla, parecía que algo guiaba mis pasos, pues no sabía con claridad a dónde iba ni qué pensaba hacer, casi me parecía levitar, ni siquiera notaba el frío suelo, a pesar de que al bajar de la cama no había enfundado mis pies en las cálidas zapatillas y andaba descalza.

Entré decidida en la destartalada habitación, donde trastos y cachivaches se amontonaban por doquier sin orden ni concierto. Me dirigí sin dudar a una antigua caja situada en la balda más alta de una antiquísima y algo desvencijada estantería y, subiéndome a un escabel de astroso tapizado la agarré, tambaleándome y la coloqué rauda sobre el suelo.

Empecé, excitada, a vaciar su contenido: algún muñeco de papel maché, vagonetas que debieron pertenecer a un tren eléctrico, un engendro mecánico casi irreconocible y ... ¡un zaque!

Aunque yo hubiese jurado que jamás antes había tenido en mis manos ninguna de aquellas cosas que me parecían desconocidas, el pequeño y original zaque dibujado en el papel y que de manera misteriosa había impactado contra mi ventana estaba allí en realidad, existía, y, por razones desconocidas, alguien quería que lo rescatase del olvido.

Lo miré extasiada. Sus colores aparecian cambiantes pasando de la palidez al brillo más deslumbrante en cuestión de segundos. Me sentí como Aladino contemplando al genio de la lámpara, sin saber qué hacer ante aquel magnífico hallazgo. Por momentos el odre se volvió tan rutilante que me cegó haciendo desaparecer todo lo que me rodeaba.

Sólo el vacío, la oscuridad, la angustia.



Me incorporé de golpe, el libro cayó al suelo, el té frío languidecía en la mesilla, la lluvia había cesado... Miré el reloj intentando reubicarme, empezaba a oscurecer. Poco a poco recobré el sosiego, pero, antes de abandonar la habitación, eché una furtiva mirada al alféizar de la ventana para cerciorarme de que allí no hubiese ningún guijarro...

EL ABANDONO






No hacía ni diez horas que había sido abandonado y ya ni siquiera podía recordar los cálidos brazos de su dueño, balcón desde el que solía asomarse a ver el mundo desde lo alto. Su vida, otrora color de rosa, se había vuelto gris.
Deambulaba sin rumbo por la orilla del soitario camino al que había llegado apartándose de la carretera, donde el incesante tráfico había logrado que se disparasen todas las alarmaa de su instinto de supervivencia.
Nunca hubiera esperado eso de su amo, que valiéndose de una ingrata artimaña, lo había dejado a merced de su suerte, sólo y desamparado en aquel inhóspito lugar. El viaje había sido largo, sin duda había querido cerciorarse de poner distancia entre ellos, la suficiente para que su agudo olfato no le sirviera en la empresa, que intuía fallida de antemano, de reencontrar su antiguo hogar.
No le gustaba su nueva vida, él no había ansiado nunca la libertad, puesto que todas sus necesidades estaban cubiertas con creces: las físicas y las psíquicas…pero aquella maldita crisis había dado al traste con todo: la opulenta residencia de su dueño había sido sustituída por un pequeño piso en el extrarradio, luego vinieron las escaseces en la comida, los malos humores, que le habían valido incluso algunas golpizas a destiempo  y finalmente aquello, aquel paseo en coche cargado de malévolas intenciones.
Sentía hambre, frío y sed. La noche era oscura,  y no estaba acostumbrado a dormir al raso; desde cachorrito había estado rodeado de confort, pero ahora se sentía perdido en un entorno hostil…

LA NUEVA VIDA DE DON SERAFINO





Dicho así, abiertamente, Serafino Repulido  de Sotogrande era un berzotas. En su casa lo sabían, pero desde chico se lo habían consentido todo, e incluso más. Sería por aquella afección pulmonar que dio la cara cuando aún era un chavalín, que sus papás lo mimaron sin mesura, y que cualquier paparrucha salida de su boca era festejada cual si de un accésit del Nobel se tratase, lo que le fue engrosando la autoestima hasta tal punto que casi no le cabía en el cuerpo.

Tal cúmulo de memeces convirtió a Serafinín en el hazmerreír de sus compañeros de colegio, que no por el hecho de ser de alta alcurnia y tronío, estaban menos ávidos de vapulear al prójimo en cuanto la ocasión se presentase, y dado el proceder melindroso y gazmoño del sujeto que nos ocupa, las ocasiones se multiplicaban como hongos en abril, haciendo las delicias de compañeros y “amigos”, que nunca antes habían tenido tan a mano  un mequetrefe con aires de grandeza a quien lanzar los dardos más punzantes o hacer objeto de las bromas más pesadas.

Serafino se debatía entre su necesidad de notoriedad y la incomprensión del por qué de la chacota general en cuanto abría la boca, pues, no era consciente del grado de mentecatez de la que hacía ostentación, como otros la hacen de su agilidad mental.
Pasados los años de la tiranía estudiantil, de los que salió ileso a duras penas y con su inconmensurable autoestima algo magullada y ligeramente adelgazada, Serafino se entregó a la labor ardua y difícil como pocas de saber en qué gastar su tiempo, ya que su peculio familiar le eximía de la necesidad de dedicarse por obligatoriedad a ningún tipo de trabajo remunerado.

Viajó por todo lo largo y ancho del planeta, empleando su fútil existencia en gastar ingentes cantidades de inhaladores antiasmáticos , haciendo exhibición de sus inagotables caudales y sus afectadas maneras, para conseguir que, en cualquier reunión, las miradas, por uno u otro motivo, se mantuviesen pendientes de él y de sus melifluos ademanes.

Pero he aquí que el destino caprichoso, ese hado juguetón y a veces incoherente,  que decide lo que va a ser de cada uno, tenía algo muy especial reservado para él.

Llegó pues a Cuba un buen día, convertido ya en impenitente trotamundos, -de lujo, eso sí, siempre acompañado de un escogido séquito de bien pagados acólitos- y decidió escudriñar a fondo el lugar: se le había terminado el mundo conocido y sólo le quedaba aquel pequeño reducto de connotaciones exóticas y seductoras.
Queriendo hacer de la experiencia un acto sublime, decidió embarcarse en un cayuco para remontar el Toa. Con ánimo de dotar a la excursión de aires aventureros y arriesgados, decidió prescindir de la casi totalidad de su comparsa, que quedaron resignados a su suerte en el hotelito cinco estrellas de la playa caribeña donde habían asentado sus reales.

Antes de subir a la pintoresca y típica embarcación, con los enseres precisos y su primero de a bordo como única compañía, vio en la orilla del río un cayarí de vivo color rojo que se entretenía en hacer un agujero donde ubicar su residencia.

Don Serafino, que a la sazón ya peinaba canas, permaneció pensativo largo rato: había pasado su vida de acá para allá y no se le conocía morada fija, ni ganas de tenerla, y ahora, a la vista del humilde cangrejo sentía la imperiosa necesidad de fundar un hogar.; se imponía la necesidad de cambiar de vida, de dar el salto…
Y, antes de que pudiera percatarse del suceso, el cayuco cogió gran velocidad y… saltó en mil pedazos arrastrado por la corriente, al abalanzarse sin freno al vacío sobre una monumental caída de casi veinte metros de altura.

Cuando despertó, aún se hallaba tumbado sobre una parihuela, rodeado de beldades que le cuidaban con esmero. No recordaba nada de lo sucedido, pero de momento tampoco parecía importarle mucho. Pensó que, a  lo mejor, no había en su vida anterior nada digno de recordar y que, quizás, todo lo bueno estaba aún  por venir…